viernes, 13 de junio de 2008

Pequeños paisajes solitarios


De vez en cuando, quizás más frecuentemente de lo que pensamos, dejamos caer la vista al suelo buscando la solución del problema. Si tenemos suerte o estamos inspirados, solemos dar con él. Otras veces, nos topamos con algo que no estábamos buscando y nos detenemos en el detalle. Se podría decir que cuanto más hondo es el problema al que nos enfrentamos, más se nos agudiza la vista y más pequeño será el detalle al que lleguemos inesperadamente.

Estas lluvias benditas de mayo y junio nos están dejando el paisaje sembrado de gramíneas como la lindeza de la imagen. Tan a ras de suelo buscaba la solución a mis problemas que, siguiendo esa suerte de ferrocarriles que forman las juntas de los adoquines de la acera, me topé con la sombra de este sencillo bromo. De repente, me pareció que estaba delante de una de esas secuoyas gigantes de Norteamérica, rodeé el ejemplar contemplando las grietas del tallo, acerqué la mano para tocarlo y miré hacia arriba, maravillado de lo alto que se encontraban los frutos, aún sin madurar, en la copa dorada.


sábado, 8 de marzo de 2008

Hierbas y legumbres


Ésto es lo que don Mauro y don Celestino hablaban en casa de este último, en Aranjuez:


"-... y según nos decía un sabio escribano de mi pueblo, nuestros ascendientes tenían un gran quejigar, de donde les vino el nombre de Requejo.


- Así debe ser: los más ilustres apellidos traen su origen de alguna yerba o legumbre. Y si no, ahí están en la Roma antigua los Léntulos, los Fabios y los Pisones, que se llamaban así porque alguno de sus mayores cultivó las lentejas, las habas y los guisantes. En cuanto a mí, creo que este nombre de Malvar me viene de que algún abuelo mío se pintaba solo para el cultivo de las malvas.


- Pues yo creo - dijo don Mauro volviendo a reír - que eso de que la nobleza viene de las guerras y de las hazañas de algunos caballeros es pura mentira."


El 19 de marzo y el 2 de mayo de 1808

Episodios nacionales

Benito Pérez Galdós


miércoles, 6 de febrero de 2008

En otra dimensión




Tres cosas se han cruzado en mi camino esta misma semana, tres hechos convergentes con un mismo protagonista de fondo, con un factor común: el escritor Juan José Millás. El pasado fin de semana terminé de leer su fabulosa novela El mundo, que me ha dejado un surco más en el cerebro, profundo como una cárcava, como una grieta sin fondo, llena de un contenido que aún no he podido asimilar del todo; o, mejor dicho, que aún continúo asimilando, como si lo que he estado leyendo tuviera una consistencia viscosa que va empapando poco a poco las paredes del interior del cráneo, tal y como él mismo lo diría.

El caso es que, hoy, mientras comía en un restaurante próximo a la oficina en que trabajo y próximo también a las calles por las que, de niño, Millás buscaba su forma de escapar de este mundo, un hombre anciano sentado en una mesa junto a la mía se llevaba a la boca un tenedor vacío, sin más alimento que el que contiene el aire y el metal del cubierto. Pude ver también un artilugio en su oído izquierdo, y observé la dificultad con que su mano hacía el recorrido del plato a los labios. Encorvado, inclinado sobre la mesa, tenía los ojos cerrados y cuando los abría, me fijé, no miraban a ninguna parte, y volvían a cerrarse de inmediato, como si levantar los párpados y levantar el tenedor formara parte de un mismo mecanismo desgastado por el uso.

Sin embargo, el hombre, ciego y sordo, contaba con la compañía de una mujer, también anciana aunque más joven que él, que secretamente, o quizá discretamente, le ponía pequeños trozos de comida sobre los dientes metálicos del tenedor cuando la mano temblorosa no acertaba a encontrar nada en el plato.

Lo primero que pensé fue en la convergencia de las tres cosas; qué desgracia más grande quedarse sordo y ciego, marcharse a otra dimensión sin remedio. En el mismo mundo de la infancia de Millás había un barrio para los vivos y otro para los muertos, a sólo unas paradas de tranvía, y eran casi idénticos, excepto por la condición de sus respectivos habitantes. Pero luego pensé: qué suerte tan enorme tener a una persona discretamente empujando la comida sobre tu tenedor, un poco de pescado del menú del día con un trozo de patata cocida. Así el cubierto ya no viajaba vacío a su destino, así el hombre anciano no estaba solo, ni en su dimensión ni en la nuestra. Y recordé la canción de Antony and the Johnsons, Hope there's someone: espero que haya alguien que cuide de mí, cuando me muera... Pero ya sería el cuarto hecho convergente, y dije que eran tres.

miércoles, 9 de enero de 2008

La eterna sombra



Yo que creí que la luz era mía,
precipitado en la sombra me veo.
Ascua solar, sideral alegría
ígnea de espuma, de luz, de deseo.

Sangre ligera, redonda, granada:
raudo anhelar sin perfil ni penumbra.
Fuera, la luz en la luz sepultada.
Siento que sólo la sombra me alumbra.

Sólo la sombra. Sin astro. Sin cielo.
Seres. Volúmenes. Cuerpos tangibles
dentro del aire que no tiene vuelo,
dentro del árbol de los imposibles.


Cárdenos ceños, pasiones de luto.
Dientes sedientos de ser colorados.
Oscuridad del rencor absoluto.
Cuerpos lo mismo que pozos cegados.

Falta el espacio. Se ha hundido la risa.
Ya no es posible lanzarse a la altura.
El corazón quiere ser más de prisa
fuerza que ensancha la estrecha negrura.

Carne sin norte que va en oleada
hacia la noche siniestra, baldía.
¿Quién es el rayo de sol que la invada?
Busco. No encuentro ni rastro del día.

Sólo el fulgor de los puños cerrados,
el resplandor de los dientes que acechan.
Dientes y puños de todos los lados.
Más que las manos, los montes se estrechan.

Turbia es la lucha sin sed de mañana.
¡Qué lejanía de opacos latidos!
Soy una cárcel con una ventana
ante una gran soledad de rugidos.

Soy una abierta ventana que escucha,
por donde va tenebrosa la vida.
Pero hay un rayo de sol en la lucha
que siempre deja la sombra vencida.


Eterna sombra (1941)
Miguel Hernández

martes, 8 de enero de 2008

Soy hermosa



El agua pone a mi cara
unos tornasoles verdes,
una guirnalda de algas
y un temblor resplandeciente.
Prima de la luz parezco,
y mis cabellos parecen
veneros de plata oscura,
chorros de metal perenne.
Es de cogollos de vidrio
mi cuerpo y casi celeste,
mi piel de escarcha rizada,
de estrella lanar mi especie.
Son mis ojos oro tierno,
oro tierno son mis sienes
y espuma suspiradora
mi garganta relente.
El movimiento del agua
me recoge y me distiende,
y plegada y desplegada
en sus columpios me mece.
A través de su color,
entre empañado y luciente,
me veo como grabada
en un diamante de nieve
y como helada en un mármol
que se marcha y que se mueve.
Soy hermosa.
Soy hermosa...

El labrador de más aire (1937)

Miguel Hernández

jueves, 6 de diciembre de 2007

La lucha


La imagen está tomada sobre hojas de adelfa (Nerium oleander L.), un domingo de mayo de hace un par de años. En ella podemos ver un nutrido grupo de pulgones amarillos sin alas, probablemente de la especie Aphis nerii, clavando su aparato bucal transformado en estilete y extrayendo así la dulce savia que corre a presión por el floema de la planta. Su anatomía incluye un invento exclusivo, un par de conductos negros que llamamos cornículos o sifones, por los que expulsan gotas de melaza: esto es un líquido azucarado que supone el exceso de lo que han chupado de la planta y su pequeño cuerpo no ha podido asimilar o retener, y que les sirve para entretener y despistar a las inquietas hormigas cuando éstas aparecen por la colonia. Estos individuos tan aparentemente inofensivos son capaces de transmitir virus tan letales como el de la Tristeza de los cítricos -aunque en la península no se les ha visto sobre estos árboles- y, más comúnmente, de producir deformaciones en hojas y disminuir la capacidad fotosintética, con todo lo que ésto revierte en el debilitamiento de las plantas.


Sin embargo, no es protagonista en esta fotografía el festín dominical que se puedan estar dando una familia de pulgones de la adelfa. En seguida captamos el horror de la escena cuando nos fijamos en el otro festín, el que se están dando un par de larvas de sírfidos (dípteros, como las moscas) con los propios pulgones. Desde que salen del huevo buscan al pulgón con ansiedad, mueven la ciega cabeza a un lado y a otro hasta que su boca encuentra a un incauto, el cual es inmediatamente devorado por el ancesrtral método de succión de jugos vitales, exactamente lo mismo que hace el pulgón con la planta. Probablemente la madre díptera hizo la puesta de los huevos en un punto estratégico, guiada por el instinto y antes de que la colonia llegara a ser lo que fue después, como el inversor que huele el negocio y compra sus acciones antes que nadie. Mejor, como el promotor inmobiliario que adquirió esos terrenos en medio de la nada y a los que, al cabo del tiempo, llegaron dos centros comerciales y tres autopistas de peaje. Comen vorazmente durante apenas dos semanas y después se van a pupar y se transforman en otra cosa con alas. Mientras tanto, cada larva ha levantado por los aires y ha devorado casi seiscientos pulgones.


Los sírfidos adultos, alados, son importantes insectos polinizadores. Vuelan durante el día de flor en flor succionando el néctar donde lo haya, pero, además, necesitan el polen y, en concreto, una proteína contenida en él, indispensable para la maduración de sus órganos sexuales y, por lo tanto, para la supervivencia de su especie. Siendo así, que el díptero necesita a la planta de forma tan vital y puede sentir la obligación de cuidar de ella, uno se pregunta si lo que vemos en la foto es un simple acto de supervivencia o si se trata de una venganza.


El género Aphis fue nombrado por vez primera por el gran Linneo, en 1758. La especie Aphis nerii fue descubierta en 1841 por Boyer de Fonscolombe. Si pinchamos sobre la imagen para ampliarla podemos ver el último esfuerzo del pulgón por zafarse del sírfido, al expulsar una gota de melaza por uno de los sifones, como si pudiera entretener al perro con ese hueso. Pobres monstruos.

lunes, 5 de noviembre de 2007

La ciudad de Vitrubio


He estado sumido en la lectura de un libro apasionante que recomiendo, Breve historia del urbanismo, de Fernando Chueca Goitia (Alianza, 1968). En su lectura, uno evoca las distintas épocas de la humanidad a través de la forma de hacer ciudades. Está escrito con maestría y vocación didáctica (los capítulos se llaman lecciones), y se nota dónde el autor quiere que nos detengamos con él a reflexionar sobre temas que pueden resultarnos suculentos, invitándonos a explorar otras lecturas, perdiéndonos en la Historia.


Paradójicamente, uno de los capítulos que me han parecido más interesantes es el que trata la ciudad del Renacimiento. Digo que puede ser paradójico porque, aparentemente, se trata de un período de cierto inmovilismo en cuanto a urbanismo se refiere: “pobreza y falta de ingenio de las realizaciones”, como dice Chueca. Sin embargo, es muy interesante la figura de Marco Vitrubio, arquitecto e ingeniero romano que estuvo al servicio de Julio César y Augusto, en el siglo I antes de Cristo, y de cuya obra civil sólo se conoce, por escritos, la basílica de Fanum Fortunae, antigua colonia en la región de Pesaro y Urbino, junto al Mar Adriático.

Vitrubio es más conocido por ser la fuente de la que beben los arquitectos del Renacimiento para imaginar una ciudad ideal. Su tratado, De architectura, compuesto de diez libros, sobrevivió al paso del tiempo, perdido en las estanterías de oscuros monasterios, hasta caer en manos de los humanistas del cuatrocento, que comenzaron a estudiarlo como una auténtica Biblia de la arquitectura clásica.

La ciudad ideal, según Vitrubio, es aquella que defiende a sus habitantes de los ocho vientos predominantes, y sus calles se ordenan “de tal manera que los vientos, atacando sobre los ángulos que ellas formen, se rompan y disipen”. Para llegar a este ideal, se basa en los conocimientos de los arquitectos griegos, y más concretamente en Andrónico Cyrrhestes y su Torre de los Vientos en Atenas. Así, como en todo su colosal tratado, Vitrubio deja patente su función de correa de transmisión entre el mundo clásico griego y el mundo idealista del Renacimiento.

La lástima es no disponer de las ilustraciones y demás gráficos que acompañaban el tratado. Pero, afortunadamente, tenemos herramientas informáticas con las que podemos observar a vista de pájaro algunos ejemplos de las ciudades que se fundaron, en pleno siglo XVI, siguiendo el ideal de Vitrubio; como Palmanova, al este de Venecia, con su plaza central hexagonal y cuya planta, un polígono de nueve lados, podemos ver en la imagen rodeada de campos de labor, carreteras y urbanizaciones modernas. Más ejemplos de ciudad vitrubiana: Grammichele y Avola, en Sicilia; Vitro-le-François y Philippeville, en Francia; y Coeworden, en Países Bajos.